La historia de la encuadernación va de la mano con la del libro. Se considera que las primeras encuadernaciones surgieron por necesidades de conservación con la aparición del códice. A Europa llegaron a través de Constantinopla e Italia desde Mesopotamia y se sabe que los romanos usaron diferentes técnicas. Su auge empezó en la Edad Media y fueron los monasterios los primeros centros de dicho arte. De primeras, sencillas cubiertas de códice confeccionadas con piel sobre tablillas de madera. Más tarde, el lujo y el gusto artístico lo dominó todo con el uso de materiales de calidad como oro, plata, marfil, terciopelo, esmaltes y piedras preciosas. En España, se asentó la técnica durante el siglo XIII, mientras que en el XIV y el XV se perfeccionaron los ricos acabados de orfebrería. El estilo más reconocido es el gofrado mudéjar. A mediados del siglo XV, la llegada de la imprenta dio el empuje definitivo al arte de la encuadernación.
La encuadernación y las partes de un libro
La encuadernación se encarga de unir ordenadamente los pliegos o cuadernillos de una obra con el fin de obtener un volumen compacto gracias a una sólida costura y a una cubierta resistente que proteja el libro. Siempre tratando de facilitar su uso para una cómoda lectura y asegurando su conservación.
El exterior del libro se divide en el lomo, los planos y los cortes. El lomo es la parte en la que los pliegos van cosidos. Los planos son las dos caras del libro, anterior y posterior, que se denominan delante y detrás. Cada libro tiene tres cortes: por donde se abre el libre y opuesto al lomo, corte delantero; el de la parte superior, corte de cabeza; y el inferior, corte de pie. Si el lomo es plano el corte delantero también lo será, en tanto que si el lomo es redondo, el corte delantero tendrá forma cóncava, conocida como mediacaña. El corte suele ser blanco o del mismo color del papel, aunque en ediciones cuidadas puede dorarse, pintarse, jaspearse, bruñirse, labrarse, etc.
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